En más de una ocasión hemos hablado de los efectos perjudiciales que derivan del hecho de que los niños son uno de los focos más grandes de lo referente a los fumadores pasivos, el denominado “humo de tercera mano” que se adhiere a la piel o a la ropa es el responsable de que se registren altos niveles de nicotina en el organismo.
Se ha descubierto entonces que los bebés que duermen con padres fumadores tienen altos niveles de nicotina en el organismo, aquellos pequeños que comparten el cuarto con fumadores se ven seriamente expuestos a problemas de salud según revela un estudio realizado en Cataluña que además indica que ventilar las habitaciones tampoco resulta efectivo para reducir la concentración de tóxicos en el tabaquismo pasivo.
Los estudios que revelan que los bebés que duermen con padres fumadores tienen altos niveles de nicotina en el organismo se basaron en las encuestas a padres y madres de 1.123 bebés menores a los 18 meses de edad que tenían por lo menos uno de sus padres fumadores, analizando posteriormente muestras de cabello de 252 pequeños para determinar de esa forma los niveles de nicotina y realizando posteriormente visitas y seguimientos a los tres y a los seis meses.
La autora principal de la investigación que indica que los bebés que duermen con padres fumadores tienen altos niveles de nicotina en el organismo (en total porcentajes 3 veces superiores a los que lo hacen en otra estancia), Guadalupe Ortega, además de ser la encargada coordinadora del programa Atenció Primària Sense Fum desde el Departamento de Salud de la Generalitat de Cataluña, indicó:
“El tabaquismo pasivo es la primera causa evitable de muerte en los países desarrollados durante la infancia”.
Vía | El Referente
Foto | Yngrich de Flickr




El mal aliento lo produce la fermentación aumentada de los alimentos en el intestino. Los alimentos entran en descomposición por un proceso fermentativo en el que normalmente se liberan algunos gases azufrados, metanos o compuestos de hidrógeno que causan mal olor. Cuando esta fermentación rebasa un límite, o en la descomposición del bolo alimenticio participa un exceso de bacterias, o la calidad de esta flora bacteriana en el intestino delgado no es la adecuada, proceso denominado disbacteriosis, producen una serie de síntomas digestivos, como el mal aliento, la distensión abdominal, la sensación de un movimiento intestinal aumentado (borborigmos), la flatulencia, la fetidez de las heces, etc.
La halitosis en el niño es un signo clínico muy importante y que suele pasar desapercibido por los papás y los médicos; a menudo coincide con intolerancia a la lactosa o advierte sobre la presencia de un reflujo gastro-esofágico o de gastro-duodenitis (inflamación del estaomgo y del duodeno).
No es infrecuente encontrar a un lactante con mal aliento, lo que definitivamente no es normal. Este mal aliento refleja el sobrecrecimiento bacteriano en el duodeno. En el niño mayor, además de la intolerancia a la lactosa pueden estar involucrados sus malos hábitos alimenticios, como las combinaciones inadecuadas de alimentos, exceso de grasa, de harinas refinadas, de azúcares, consumo de comidas rápidas y la falta de fibra en sus alimentos.
El mal aliento puede ser normal al levantarse o cuando quien lo presenta no se ha lavado la boca, tiene caries o enfermedad periodontal, criptas en las amígdalas o es un consumidor de ciertos alimentos que se sabe producen un olor fuerte que puede ser desagradable como el ajo, la cebolla y las especias en general; pero bajo otras condiciones, un mal aliento crónico no es normal en ninguna edad, mucho menos en un niño.